miércoles, 20 de abril de 2016

Siete velos del Eterno Femenino




Primer Velo: El Eterno Femenino como Arquetipo

En el mundo de las Ideas de Platón, también llamado de los Arquetipos, encontramos uno que está muy relacionado con la Naturaleza y con las mujeres: el Arquetipo del Eterno Femenino. Éste es un Arquetipo plural, que engloba a su vez otros Arquetipos, que son los que hacen de la mujer un ser multifacético e interesante. Todo lo que existe se manifiesta con dos fuerzas que, aunque diferentes, son complementarias: lo masculino y lo femenino. Esto no sólo es válido para los seres humanos, todo lo manifestado responde a una de estas dos fuerzas o Arquetipos.
El elemento femenino está presente en la nocturnidad de una noche estrellada, en el sigiloso caminar de una pantera, en el suave ondular de las ondas del agua en una fuente, y obviamente, también en la mujer. De la misma forma, lo masculino se manifiesta en la rugosidad de una montaña escarpada, en el hendir de una flecha en su blanco, y como no, en los hombres en general. La manifestación de lo femenino en la mujer puede darse de varias maneras complementarias. Veamos algunas de ellas.

Segundo Velo: La Gran Madre

En Egipto encontramos a la diosa Hathor, la Señora de las Esmeraldas que simbolizaba la Vaca Cósmica, la matriz celeste donde se gesta la Vida. Madre Dadora, Hathor regía los mundos de los muertos, era llamada Señora del Sicomoro. Su culto como Diosa-Naturaleza existía desde épocas remotas, identificada con la Sustancia Primordial a la manera del Mulaprakriti hindú. Se la representaba como una vaca de largos cuernos, a la que luego agregarían ornamentos y atuendos.
Nut es también una forma de la Diosa-Madre y representa a la Luz como madre de todas las cosas, pues sin luz aunque existan los objetos, no se diferencian ni se colorean. De allí sus posteriores conexiones con la Aurora. Nut es conocida también como "La Grande que dio a luz a los dioses"; es la diosa del cielo, creadora del universo y los astros. Se la solía representar como una mujer desnuda, con el cuerpo arqueado a modo de bóveda celeste, revestida de estrellas. Algunas veces como una vaca (Mehet-Urt) o sobre su marido Geb (la Tierra) y su padre Shu (el aire) intentando separarlos (representación gráfica del mito). También se representaba como una mujer que lleva en la cabeza un jarro de agua. Sus extremidades simbolizaban los cuatro pilares sobre los que se apoya el cielo.

En Grecia, Rea, LA GRAN DIOSA MADRE realza el concepto del matriarcado, tanto en lo religioso como en lo político, así como el sentido de dadora universal de Vida. Es la Materia Primordial. Indica todo lo relativo a la fecundidad; a la regulación del curso de los astros y de las estaciones. Domina sobre todos los reinos: mineral, vegetal, animal y humano, aún es la Señora del mundo de la Muerte, por lo mismo que rige la dación de la vida. Encontramos representaciones suyas con atributos muy variados, lo que lleva a pensar que esta característica es una semejanza más con una de las cualidades de la Materia Primordial: la multiplicidad de sus formas. La veremos, por tanto, como diosa generatriz de amplias caderas, sosteniéndose los pechos; como virgen guerrera acompañada de un león, y golpeando el suelo con una lanza; sentada bajo un árbol sagrado recibiendo flores y frutos de sus sacerdotisas; sentada en un trono de árbol; rodeada de serpientes enroscadas en su cuerpo.

Tercer Velo: la mujer guerrera

Otra de las características de este Eterno Femenino es la mujer como guerrera. En la antigua Grecia estaba representada por la diosa Atenea, la diosa de la Sabiduría, de la guerra interior y de las artes. La de los ojos verdes como esmeraldas. Ella representa la capacidad de enfrentarnos, de forma inteligente, a nuestras propias batallas, superando nuestros límites y conquistándonos a nosotros mismos. Ya lo decía la filósofa, profesora Delia Steinberg Guzmán, “la conquista de la Mujer, es la conquista interior”.
Como diosa de las artes, representa la gran capacidad creativa de la mujer, muy relacionada desde siempre con la artesanía en general. Atenea es también la cuidadora de las Acrópolis y esta característica tiene mucho que ver con la guerra interior: una acrópolis es el punto más alto de la ciudad, para los antiguos, el lugar sagrado donde rendían culto a sus dioses. Asimismo, en el ser humano, su acrópolis es su Ser Superior. Es lo más elevado de él mismo, el lugar donde vive su dios interior.
Los atributos de Atenea la relacionan con la Sabiduría; por ejemplo su animal totémico, el búho, fija la mirada observando con atención todo cuanto hay a su alrededor. Otros atributos la relacionan con la guerra, como el casco, la lanza y el escudo. Como símbolo de su conquista, la cabeza de la górgona sobre la égida (escudo del pecho). El árbol relacionado con Atenea es el olivo, que también nos remite a la idea de sabiduría puesto que este árbol “sabe” sobrevivir incluso en los terrenos más agrestes, alcanzando edades centenarias cuanto no milenarias en algunos casos.

Cuarto Velo: la mujer educadora

En la antigua Roma y, en general, en las antiguas civilizaciones, el papel de la educación de los niños estaba reservado a la mujer. Sobre todo en los primeros años de su vida. La mujer representaba, para los antiguos, la gran educadora, la que sabía transmitir y conservar porque ambas características estaban en su naturaleza. En la antigua Grecia, este arquetipo estaba representado por la diosa Hera, cuyo animal simbólico era el pavo real, con sus múltiples “ojos” que representan el firmamento estrellado.
Siguiendo el ejemplo de la Gran Madre, la mujer puede dar nacimiento y vida. No sólo en lo físico (dar a luz) sino a otros niveles. La educación está en esos otros niveles más sutiles, pero que son también vida. Por su propia naturaleza la mujer tiene tendencia a proteger y no protege sólo a sus hijos, protege también las costumbres que son las semillas del futuro y ella las protege para impulsarlas luego hacia el futuro, donde se perpetuarán. Esto es educación.
La mujer educadora no educa sólo a sus hijos; al contrario, siente como sus hijos a todos aquellos que necesitan una enseñanza. Esta mujer forma discípulos, a la manera platónica, pues su transmisión no sólo se limitará a los conocimientos del saber sino también formará el carácter de sus discípulos para que sean buenos ciudadanos. O sea, hombres y mujeres de principios rectos.

Quinto Velo: la mujer sacerdotisa

Otra de las características del Eterno Femenino, en su manifestación, es la gran capacidad mística de la mujer. En la antigua Roma, Vesta era la diosa protectora del hogar y de la vida familiar. Se reconoce a Vesta como una de las más antiguas personificaciones del hogar, del Fuego y de la Tierra. Ella protegía el fuego sagrado del hogar; por ello, algunas tradiciones, la consideran también como diosa del fuego. El nombre de Vesta en griego, "Hestia", significa el lugar recóndito e íntimo del hogar en donde se enciente el fuego en honor de los dioses que los antiguos denominaban penates.
Era el Fuego Sagrado de los sacrificios, dentro y fuera de cada casa. Así, en Roma, existía un Colegio de Sacerdotisas destinadas a cuidar, en exclusiva, del Fuego Sagrado de Roma. Este Fuego era símbolo de la vitalidad y la fuerza que latía en los individuos y en la sociedad. Estas sacerdotisas eran llamadas Vestales. Eran seis y desde que entraban a la cofradía, a muy temprana edad, estaban al cuidado de esta sagrada tarea. El Fuego Sagrado era el Alma de Roma y descuidar su atención estaba penado con la muerte.
Las Ceremonias son una excelente ocasión para que la mujer manifieste su naturaleza mística. La armonía, la belleza, el orden, los perfumes, inciensos… necesitan de la mano femenina para organizarse y servir de escenario perfecto para que los ritos se celebren y sirvan de receptáculo a las fuerzas que se convocan. La mujer encarna aquí el papel de Guardiana del Orden.

Sexto Velo: la mujer y el Amor

Si hubiera que destacar una característica del Eterno Femenino, esta sería la de amar. No hay fuerza más poderosa en el Universo que la del Amor y tanto es así, que la mujer, por amor, lo puede todo. El instinto de protección en la mujer, es enorme. Su naturaleza es proteger, salvaguardar lo que es valioso para ella y así no sólo protegerá a sus hijos, también a su hogar, su trabajo, su familia, su “mundo”.
En la Grecia antigua el Amor estaba relacionado con la diosa Venus. La de cabellos de oro y belleza sin igual. De grácil figura, sus representaciones siempre tratan de reflejar el prototipo de belleza femenina. Existen dos formas de Amor: el amor puro y celeste, representado por la Venus Urania; y el amor vulgar e impuro, representado por la Venus Pandemus. Son los dos polos del amor, la elevación del amor sublime y la condena del amor tirano. Venus es también la “nacida de la espuma del mar”, como fue representada en este cuadro de Botticelli.
Una de las formas del amor es la sensualidad, que puede manifestarse pura, en forma de gracia, sutileza… o puede manifestarse de forma grosera, impúdica. El espíritu cultivado es quien hace de fiel de la balanza y la voluntad hará que nos inclinemos hacia un lado o hacia otro. Si ya hablamos de las mil sutilezas del Eterno Femenino, tantas o más encontraremos en el Amor.

Séptimo Velo: la mujer y la libertad

Y llegamos al último velo. Para los griegos, la diosa Artemisa representaba la libertad interior de la mujer que no quiere sentirse apegada a nada más que a su deber. Ella elige ser virgen, lo que sugiere una idea de pureza de preservación de su espíritu que no quiere verse “manchado” con los placeres del mundo; o lo que podría ser lo mismo, con lo terrenal, lo cotidiano, la rueda de la vida.
Artemisa representa también la Naturaleza, y es la diosa de la Luz lunar, por eso lleva una media luna en su cabeza, a manera de tocado. Es símbolo de la Pureza y protege contra los monstruos salvajes. El mineral que se asocia a ella es la plata que, curiosamente, dentro del agua cuida de que no se propaguen bacterias indeseadas.
En otro de sus aspectos es diosa de los alumbramientos, tal vez como recuerdo de su propio y dificultoso nacimiento, y como protección de su propia castidad. En Éfeso, bajo el nombre de Diana, aparece como diosa-madre de la fecundidad, con el pecho cubierto de senos, alimentando a la naturaleza toda.


Carmen Morales

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