lunes, 26 de mayo de 2014

365 Días de Filosofía: lo esencial es invisible a los ojos



En la vida hay momentos que se te graban en el alma y pasan a formar parte de esos tesoros, maravillosos, que vamos guardando en nuestro pequeño cofre de oro. Las mejores joyas no son las más valiosas sino las que más tienen que ver contigo, las que te hacen sentir hermosa, femenina... igualmente las experiencias adquieren su valor por cuanto son capaces de tocarte el alma dejando su rastro luminoso. Con esas experiencias debemos llenar nuestro cofre, que no es de oro porque sea material, sino porque el valor de lo que acumula es impagable e insustituible: nuestros mejores recuerdos.

La tarde del pasado sábado fue para mí uno de esos momentos imborrables. Pasé el fin de semana en una casa rural y a la caída de la tarde decidí recorrer los alrededores y me adentré en el campo. La hierba crecía frondosa y alta hasta casi llegar a mi cintura; el aire estaba impregnado del olor de las hierbas aromáticas que se escondían entre el follaje; un riachuelo cercano dejaba oír sus cantarinas aguas, que corrían veloces perdiéndose entre los troncos de los vetustos árboles. El aire mecía las hojas de los álamos que emulaban con su vibrar el sonido de las olas del mar y los pájaros, desde las ramas de sus hogares, despedían el día con los melodiosos sones de sus cantos. La Naturaleza se mostraba en todo su esplendor y yo, silenciosa y reverente espectadora, me dejaba extasiar por su mística belleza. Cuando los últimos rayos de sol teñían ya el cielo de púrpura y las primeras estrellas anunciaban la llegada de la Dama de la Noche, me dispuse a regresar e inicié el camino de vuelta dejando atrás aquel maravilloso paraje. Y entonces se produjo el más maravilloso espectáculo que jamás mis ojos contemplaron alguna vez. Centenares de puntitos luminosos comenzaron a brillar y a danzar entre la hierba, sobre ella, en el aire... de repente me vi envuelta en un paisaje mágico, encantador, como si miles de pequeñas hadas danzasen a mi alrededor. Eran las luciérnagas que saludaban a la noche con su baile de luz.

Yo nunca había visto luciérnagas, como mucho sabía que brillaban en la oscuridad, pero era un conocimiento de libro, nunca lo había vivido en primera persona. Y me pareció sublime, maravilloso, excelso... ni siquiera encuentro palabras que puedan expresar con fidelidad lo que sentí en aquel momento. Disfruté de la experiencia tanto como pude y permanecí inmóvil, sólo observando, hasta que el frío y la oscuridad me hicieron regresar al calor del hogar.

He querido compartir esta experiencia, que para mí ha sido un tesoro, porque nos quejamos a veces de que en nuestras vidas no suceden cosas importantes o que no tenemos aventuras o que no tenemos experiencias mágicas o místicas... tal vez somos nosotros los que no sabemos mirar y estas experiencias pasan a nuestro lado y no las sabemos ver. Esperamos los grandes acontecimientos del futuro, que quién sabe si algún día llegarán, mientras los pequeños tesoros de nuestro cotidiano pasan sin pena ni gloria sin que los sepamos apreciar... como decía el Principito de Saint-Exupery "lo esencial es invisible para los ojos, sólo se ve con el corazón". Y al final, vivir intensamente es apreciar, agradecer y saborear todo aquello que la vida te va ofreciendo en el aquí y el ahora porque el pasado es un tren que ya perdimos y el tren del futuro... ¡quién sabe si pasará!

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