lunes, 31 de marzo de 2014

365 Días de Filosofía: la tolerancia, un camino para la fraternidad.



Hay días en que por mucho que quiera las horas me vienen cortas para sentarme un ratito, reflexionar y escribir una entrada, por pequeña que sea. Hoy es uno de esos días, gris y lluvioso que invita a la meditación en realidad, pero... ¡con muchas cosas por hacer! Por eso voy a echar mano de mis antiguos escritos y rescatar un trabajo que realicé hace algunos años sobre la tolerancia. Espero que les guste.

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La Real Academia de la Lengua Española, define la Tolerancia (del lat. tolerantĭa) como “el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. No es difícil caer en la cuenta de que respeto es precisamente lo que más falta en nuestra sociedad actual. Ni en la familia, ni en el trabajo, ni en el colegio; el respeto parece haber desaparecido de la faz de la tierra. Y curiosamente, organizamos manifestaciones pidiendo respeto para nuestras creencias o para nuestras ideas, cuando no para nuestras inclinaciones políticas; se organizan debates que versan sobre la tolerancia entre los pueblos o entre las religiones; se celebran galas de música o del cine a favor de la tolerancia y de los más necesitados. Y un largo etc. Pero somos incapaces de comprender al vecino de enfrente y sus circunstancias, o a nuestro compañero/a cuando no ve la vida del mismo color que nosotros, o al inmigrante al que le cuesta adaptarse a costumbres nuevas.

Sería bueno tener siempre presente aquello de que “la diferencia enriquece”. A este respecto, Jorge Ángel Livraga, filósofo, humanista y fundador de Nueva Acrópolis, decía en uno de sus escritos: “Es inevitable que siendo todos diferentes, veamos las cosas también diferentemente y, ante situaciones parecidas no reaccionemos de la misma manera; pero como nadie tiene la verdad en su mano, es injusto y avasallador pretender, a veces de manera francamente bestial, que los demás lo hagan como nosotros”...

A principios del siglo XX, el médico inglés Edward Bach, creador del sistema terapéutico floral que lleva su mismo nombre, utilizó las flores del haya (Beech) para tratar a las personas que necesitan ser “(…) más tolerantes, indulgentes y comprensivos con las distintas formas en que cada individuo y cada cosa tienden hacia su perfección”, consciente de la dificultad del ser humano para aceptar todo aquello que es diferente. Gran conocedor de la psicología humana, así como de la estrecha relación entre los desequilibrios emocionales y la futura enfermedad, Bach incorporó esta flor en su sistema para ayudar a las personas a integrar las diferencias en sus vidas, de manera que aprendan a respetar y comprender los diferentes puntos de vista y ver en ello una fuente inagotable de experiencias y riqueza. En definitiva, aprender a vivir y dejar vivir. A este respecto, Confucio decía: “Si usted quiere que otros crean sus palabras, la mejor opción es escuchar primero las opiniones de los demás. Si quiere que una política se aplique rápidamente, el mejor medio es que usted actúe con el ejemplo. Si usted quiere que la gente crea rápidamente, el mejor medio es enseñarles principios justos. Si usted puede cumplir lo que precede en lugar de reprender a la gente, usted será un buen dirigente”.

Esta tolerancia activa, entendida como solidaridad, fue llamada en la antigüedad benevolencia y sobre ella hablaba Séneca, el gran filósofo cordobés. Los hombres, dijo, deben estimarse como hermanos y conciudadanos, porque «el hombre es cosa sagrada para el hombre». Su propia naturaleza pide el respeto mutuo, porque «ella nos ha constituido parientes al engendrarnos de los mismos elementos y para un mismo fin». Séneca no se conforma con la indiferencia: «¿No derramar sangre humana? ¡Bien poco es no hacer daño a quien debemos favorecer!». Por naturaleza, «las manos han de estar dispuestas a ayudar», pues sólo nos es posible vivir en sociedad: algo «muy semejante al abovedado, que, debiendo desplomarse si unas piedras no sostuvieran a otras, se aguanta por este apoyo mutuo».

Vemos por tanto, que la tolerancia es el sueño que los hombres de todos los tiempos perseguimos una y otra vez, si bien aceptamos que es un concepto difícil de explicar pues ya de entrada presenta dos significados: por un lado, aceptar la diversidad, de la que ya hemos hablado. Y por otro, permitir el mal, del que hablaremos a continuación.

El profesor Livraga dice que “tolerar el mal es hacerse cómplice de él”. Y en la misma línea, el dramaturgo Víctor Hugo, “la tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad”. No respetar las normas que rigen la sociedad y que favorecen la convivencia es un mal que, en realidad, no beneficia a nadie. Y competerá a la autoridad –padre/madre, profesor/a, juez, policía, gobernante- velar por el cumplimiento de estas normas. Dicho con otras palabras, el incumplimiento de las “reglas del juego” no puede ser tolerado, aunque a veces las propias circunstancias hacen que sea necesario “mirar hacia otro lado”. Decidir cuándo y cómo conviene hacer la vista gorda es un arte difícil, que exige conocer a fondo la situación. Está en juego, no sólo el prestigio de la autoridad, sino la posible interpretación de la tolerancia como debilidad o indiferencia. Por ello, el ejercicio de la tolerancia se ha considerado siempre como una manifestación muy difícil de prudencia en el arte de gobernar. Marco Aurelio, el Emperador Filósofo, reconoce que recibió de su antecesor, el Emperador Antonino Pío, la experiencia para distinguir cuándo hay necesidad de apretar y cuándo de aflojar.

Nos queda por tanto preguntarnos, cómo y cuándo debemos tolerar algo. Se debe permitir un mal cuando se piense que impedirlo provocará un mal mayor o impedirá un bien superior. Ya en la Edad Media se sabia que «es propio del sabio legislador permitir las transgresiones menores para evitar las mayores». Pero la aplicación de este criterio no es nada fácil, puesto que existen dos evidencias claras: que hay que ejercer la tolerancia, y que no todo puede tolerarse.

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