viernes, 28 de marzo de 2014

365 Días de Filosofía: el derecho a pensar



Esta frase, atribuida a la gran filósofa, astrónoma y matemática Hipatia de Alejandría, refleja el sentimiento de muchos que, como yo, creemos que la mejor y mayor forma de libertad es la del pensamiento.Aunque también nos dice otras cosas, igualmente importantes, como la necesidad de mantenernos siempre curiosos, activos, en movimiento, en concordancia con el ritmo de la Naturaleza que es el ritmo de la Vida.

Decía el filósofo Jorge Ángel Livraga que el ser humano muere cuando muere su capacidad de soñar; y entiendo yo esta capacidad no como la ensoñación fantasiosa y gratuita que nos lleva por caminos inaccesibles porque está totalmente alejada de lo que somos en realidad, es estúpido soñar con medir 1'80 si en realidad mides 1'68. Eso no es soñar, es fantasear y muy dificilmente podrás plasmar alguna vez ese "sueño". No, para mí la capacidad de soñar tiene que ver con una actitud de querer mejorar, de superar nuestros propios límites -conociendo bien nuestras limitaciones- a fuerza de voluntad y constancia. De desear ardientemente plasmar una idea, un sentimiento, un anhelo y luchar con todo nuestro ser para conseguirlo. Y si las intemperancias de la vida y de lo cotidiano dictan sentencia en contra y resulta del todo imposible plasmarlo, matar ese sueño con la satisfacción del que lo ha dado todo y ha crecido además por el camino, pero no para lamentarse por su aparente fracaso, sino para lanzarse a la conquista de otro nuevo que le lleve por otros caminos de superación y aprendizaje. Y todo esto no se puede hacer sin reflexionar y sin errar, sin aprender de esos errores y volver a reflexionar.

Se nos ha educado en la idea de que errar es malo, es de mediocres y de que tenemos que ser perfectos "haciendo las cosas bien". Pero el camino hacia la perfección es tortuoso por naturaleza y el error forma parte de ese proceso. ¿Cuántos bocetos, tentativas o pruebas tiene que hacer el artista antes de plasmar su obra en el lienzo, en el barro o en el mármol? ¿Cuántas hojas no tiene que arrancar el escritor antes de dar por terminado su discurso? ¿Cuántas pruebas tiene que hacer el científico antes de llegar a una conclusión sobre sus investigaciones? El error es parte indispensable del proceso de aprendizaje y nunca podremos tener una minima noción de lo que somos realmente si no aceptamos y aprendemos de nuestros errores.

Claro que tampoco hay que hacer culto del error, hay que aprender de ellos no repetirlos incansablemente. Porque repetir siempre los mismos errores manifiesta un déficit de atención, de conciencia y, en definitiva, refleja una actitud de abandono interior. El mayor deseo del ser humano debería ser conocerse mejor a sí mismo, mantener despierta la innata curiosidad con la que nacemos y que nos ayuda a establecernos en el mundo. Un niño es curioso y todo le llama la atención y así va aprendiendo de la vida y de sí mismo. Cuando crecemos parece que esa curiosidad se va apagando hasta casi desaparecer; pero cuantos más deseos tenemos de conocer, de aprender, de avanzar... más vivos estamos. Tal vez este fuese el secreto de la eterna juventud de la que hablaban los antiguos. Porque ser joven no es tener menos arrugas, menos años y menos achaques... eso es la juventud del cuerpo. La del alma no conoce la edad porque no se rige por el tiempo físico y una saludable curiosidad, que nos impulse hacia arriba y hacia adelante, nos mantiene no sólo jóvenes sino vivos.

En definitiva y como decía Hipatia, es mejor pensar un poco aunque sea erróneamente, que no pensar nada en absoluto dejándonos llevar por las corrientes de las opiniones, sin rumbo, sin meta y sin finalidad.

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