jueves, 20 de febrero de 2014

365 Días de Filosofía: un río





Un río. Uno de tantos de los miles que recorren la Tierra. Un río. Pero este es especial, es mi río; es mío porque de él aprendí. Porque en su lenguaje de saltos y remolinos me abrió su corazón una noche de otoño, cuando con los ojos de mi alma, le sonreí.

Un río nace pequeño. Brota de entre las rocas suavemente, deslizándose apenas como un hilo de agua que comienza a abrirse camino, llevando en cada una de sus gotas el maravilloso milagro de la vida. Un río nace pequeño, pero fuerte y valiente, porque ante el futuro incierto de cómo será su camino, sabe que tiene que caminar. Porque la Vida va en él y tiene que fertilizar la tierra. Así también las virtudes, al igual que el río, tienen que fertilizar mi desgastado corazón, para que de él mane la alegría de vivir, el entusiasmo y la bondad. ¡Hay tantos remolinos oscuros en el camino! ¡Tantas corrientes que nos apartan del sendero para hundirnos en los abismos de nuestro egoísmo!

Hay muchos tipos de aguas en un río. Como muchos son los pensamientos que fabrica nuestra mente. Y ella, cual ninfa acuática, les da dirección e intensidad. También finalidad. Los pensamientos oscuros, densos, tenebrosos… son los que se estancan y pudren nuestra alma convirtiendo la vida en una ciénaga y a nuestra mente en la reina del terror. Los pensamientos alegres, sinceros, nobles… son como las aguas cantarinas de mi río, danzando entre rocas y espuma; llenando la vida de hermosos colores y dulces melodías. Haciendo de la mente un alquímico atanor en donde transformar, con esfuerzo y tesón, los sueños en victorias…

Hoy, cuando sus aguas no son más que un hermoso recuerdo en mi corazón, pensé de nuevo en mi río. En sus consejos, en el susurro de su canto… y decidí transformar mis pensamientos. Hacer de su alegría mi esperanza. Y cuando el bullicio, el cansancio o la tristeza amenacen con estancar mi alma, recordaré las brillantes aguas de mi río.

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