sábado, 22 de febrero de 2014

365 Días de Filosofía: patriotismo



Hoy es uno de esos días en los que uno se reprocha a sí misma el ser tan ligerita a la hora de aceptar según qué cosas; desafíos por ejemplo... ejem... ejem... Ya decía una grandísima filósofa del siglo XX, Delia Steinberg Guzmán, que el arte es 90% de trabajo y 10% de inspiración. Para mí hoy, la cuota de inspiración no llega ni al 5%... Pero como no quiero rendirme antes si quiera de haber trazado una estrategia, aquí estoy yo con mi reflexión filosófica del día. ¿Y saben en qué me he inspirado? ¡En la tortilla de patatas!! Me explico...

Los viernes es el día en que los amigos nos reunimos para cenar y compartir algunos momentos de fraternidad y camaradería. Cada uno lleva algo ya preparado y así es todo más sencillo, rápido y económico, que no está el panorama como para peregrinar por restaurantes de cinco tenedores... Hoy decidí llevar una tortilla española, de las auténticas y genuinas; de esas que te hacen pasar unas horitas en la cocina mientras pelas, cortas y fríes las patatas... bates los huevos... cuajas la mezcla en una sartén... una tortilla casera, vaya, que en Portugal se cocina y se come muy bien, pero a la tortilla no le han debido coger todavía el punto... A lo que voy, que me pierdo...  mientras le daba vueltas al tenedor con energía, mi cabeza no dejaba de hacer lo mismo con el tema de hoy para el blog. ¿De qué hablo? ¡No sé de qué hablar! Dios mío, ¡fracasada nada más comenzar! ¡Vaya desastre de bloguera! Y el tenedor vueltas y más vueltas al huevo, a la patata, a la sartén... y por fín la tortilla en el plato. Allí estaba ella, la tortilla, redondita, doradita, con sus patatas... reconozco que sentí orgullo porque, ¿hay algo más español que una tortilla? Y en ese momento ¡zas! ¡llegó la inspiración!

Preparar un plato típico de mi país me hizo sentir nostalgia de mi tierra, de mis costumbres, del suelo que me vió nacer y partir hace ya tantos años. Y recordé un texto que escribí hace algún tiempo para uno de esos proyectos que comencé a escribir y quién sabe si algún día veré terminado. Trata sobre el sentimiento patrio y cómo vemos las cosas cuando nos alejamos de ellas que es, en cierto modo, una forma de perderlas. A los españoles no nos gusta llamarnos patriotas, pero cuando dejamos nuestro terruño, algo parecido a la añoranza nace en nuestro corazón y no nos abandona ya jamás. Por eso dejo aquí mi reflexión de aquel día, que es el sentimiento de hoy. Espero que os guste.


"Cuando hace algunos años decidí acompañar a mi pareja en su experiencia portuguesa, nunca imaginé que mi vida iba a cambiar tanto y en tan poco tiempo. A mis treinta años, lo máximo que había estado lejos de mi ciudad natal fueron quince días, en un viaje a Asturias primero y luego en otro a Egipto, años más tarde. Reconozco que siempre me tiró el terruño, aunque paradójicamente, siempre me vanaglorié de considerarme “ciudadana del mundo”. Muy a la manera romana, de la que me consideraba –y me considero todavía hoy- descendiente por haber nacido en la ciudad que una vez fue, en tiempos del emperador Maximiano, capital del Impero Romano y anteriormente, cuna del filósofo Lucio Anneo Séneca quien decía: «no he nacido para un solo rincón, ni como un árbol. Mi patria es todo el mundo»... Paradojas y sueños de juventud aparte, lo cierto es que el día que crucé la frontera sabiendo que no iba a volver en mucho tiempo se me hizo un nudo en la garganta y las lágrimas anegaron mis ojos, mientras trataba de disimular como podía mi inesperada tristeza. 


Ah, la patria… esa Idea que nos acoge cuando nacemos y que tan mal tratamos cuando crecemos… Aunque el término patria es de origen latino, creo que los españoles la entendemos más al estilo sajón, puesto que para los sajones la patria era el territorio, lo que hoy llamamos país, mientras que los romanos incluían en el concepto patria no sólo el territorio sino también una serie de costumbres y valores que estaban asociados a la comunidad que habitaba en ese territorio. Para los romanos, la patria estaba asociada a la tierra donde habían nacido los antepasados y tenía un origen mítico pues era considerada como un regalo de los dioses. Si los españoles tuviésemos más en cuenta el contenido (comunidad con valores y costumbres semejantes) y no el continente (territorio) estaríamos más unidos y aprovecharíamos las diferencias entre las distintas comunidades para fortalecer nuestra nación y nuestra entidad como pueblo y no para dividirnos que, en definitiva, nos hace más débiles. Seríamos como un diamante con muchas facetas que refleja la luz del sol bañando de colores todo lo que le rodea… Pero la realidad es bien diferente y el español, en general, sólo percibe a su patria cuando sale de ella. Alguna vez leí, aunque no recuerdo dónde, que el emigrante español se caracteriza porque expresa una gran añoranza de su tierra y porque, aunque pase muchos años en el extranjero, siempre tratará de volver. Tal vez, quizás, sólo para morir… 


Lo cierto es que al cruzar aquella frontera, ya sin aduanas, sentí como nunca había sentido el amor hacia mi patria; y al ver ondear la bandera roja y gualda, por última vez en suelo español, guardé en mi corazón como un tesoro, como un talismán y como una ofrenda, aquellos versos de Rubén Darío que decían: “(…)¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida/ con el alma a tientas, con la fe perdida/ llenos de congojas y faltos de sol/ por advenedizas almas de manga ancha/ que ridiculizan el ser de la Mancha/ el ser generoso y el ser español! (…)”[1].
 


Día cuatro, continuamos el desafío.


[1] Letanía de Nuestro Señor Don Quijote, Rubén Darío.

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