miércoles, 26 de febrero de 2014

365 Días de Filosofía: mis reglas para el buen vivir




Si el arte de vivir consiste en encontrar la felicidad, habría entonces que tratar de analizar cuáles son las causas que la generan o en qué aspecto de la vida cotidiana radican. Porque está claro que no todo el mundo tiene el mismo concepto de felicidad y lo que para unos puede ser algo importantísimo, para otros no tener la más mínima trascendencia. Así que no creo que exista ninguna fórmula ni elixir para alcanzar la felicidad. Creo, sin embargo, que su logro depende en gran parte de nuestro esfuerzo personal y de una superación constante.


La felicidad, tal y como yo la concibo, tiene su origen en la paz interior. En el equilibrio. En la superación. En los pequeños logros diarios, imperceptibles para los demás, pero pequeñas victorias que, algún día nos llevarán a la Gran Victoria. Y la paz interior viene del deber cumplido, aún cuando ese deber pese. Aún cuando ese deber no se entienda. Pero uno, en su interior, “sabe” que es su deber y ahí está la prueba; en luchar contra “el me apetece” o el “me gusta” para dejar paso al “debo”. 

También, para mi, la naturalidad es una forma de felicidad. Despojar la vida de artificios, etiquetas, prejuicios… buscar la esencia de las cosas y de las personas, aquello que no está “disfrazado” en función de las circunstancias. Ser fiel a uno mismo sin abandonar nunca la tolerancia y el respeto.

Por último, la felicidad consiste en soñar y atreverse a plasmar esos sueños en realidad. Y si no salen, si no fructifican, no importa. “Te atreviste, diste el primer paso, ayudaste al Destino poniéndote en sus manos. Lo que no dependa de uno, no debe causar dolor. Haz de la alegría tu mejor aliado”, me suelo repetir.

Y estas son mis “reglas” para el buen vivir.

No es un gran listado, más bien es una escueta lista, pero es lo que yo anhelo cada mañana al despertar. Y por eso trabajo todos los días. Algunas veces logro alguno de mis objetivos, otras me desplomo bajo el peso de mi ignorancia.

Pero lo que nunca muere es el deseo de avanzar, de experimentar, de poder, algún día, transmitir lo que me enseñaron, lo que aprendí en base a mi empeño… y a la gran paciencia que el Destino tiene conmigo.

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