sábado, 28 de diciembre de 2013

Dedicado a los profesores que educan

La Navidad suele ser una época en la que hacemos cosas que habitualmente no forman parte de nuestra vida cotidiana como, en mi caso, ver programas de televisión. No tengo nada en contra de la "caja tonta", pero me encantaría que además de entretener, educara y tuviera alguna finalidad más allá de ayudar a pasar las horas sin ningún propósito efectivo... El caso es que, como decía, en Navidad me dejo seducir por los cantos de sirena de la televisión y el día de Navidad me tragué Masterchef Junior. A mi me gusta cocinar aunque mi repertorio de recetas es limitado, tradicional y sencillo, nada de elaboraciones complicadas y presentaciones minimalistas; por eso, de vez en cuando, no me importa ver algún programa de culinaria. Por un lado aprendo técnicas nuevas que seguramente nunca pondré en práctica (en mi casa los huevos fritos se mojan con pan, no estallan en la boca; y el tartar no existe, son ensaladas) y por otro constato que me siento mucho más feliz si hago un guisadito de carne en lugar de un solomillo Wellington porque ahorro un tiempo precioso que me gusta dedicar a otros menesteres. Yo y mis manías.

El programa me resultó gracioso y divertido y, francamente, me encantó ver niños que se expresaban como lo que son, con toda la naturalidad, frescura e inocencia de la infancia y no esos remedos de adultos que a veces aparecen por programas de canturreo... Estos chavales se lo curraron, no sólo porque cocinan (¡y cómo!) sino porque además eran educados, respetuosos y muy conscientes de lo que supone trabajar en equipo, dándole el valor que se merece y ayudándose los unos a los otros, en una demostración de amistad fraternal que me dejó al borde de las lágrimas. Pero lo que más me impactó del programa, y por eso hoy escribo esto, fue una prueba en donde tenían que dar de comer a sus profesores. No fue la comida lo que me impresionó, sino el trato cariñoso y cercano que se vio entre profesores y alumnos. Y una frase de una de las profesoras que revelaba un conocimiento del carácter de su alumna poco usual en nuestros tiempos.

Recuerdo hace algunos años una otra frase que escuché de una persona, también profesora, que venía a decir más o menos: "mi deber es enseñar, para educar ya están los padres. Los niños que vengan educados de casa". Ella se quedó tan pancha y a mí se me salían los ojos de las órbitas del asombro. ¿Perdona? ¿Qué fue del binomio profesor-padres en la educación de un niño? Decía el filósofo hindú Sri Ram que la educación es como una elipse, en donde la suma de las distancias de cualquier punto de la elipse (niño) a los dos focos (maestros-padres) es, siempre, la misma. ¿Qué quiere decir esto? Pues que los padres y los maestros forman un equipo cuya finalidad es educar, guíar, inculcar una serie de valores al niño. Decían los clásicos que educar es educir, sacar de dentro lo mejor y generar condiciones favorables para que el niño ponga en práctica sus capacidades. Vamos, lo que hoy llamaríamos desarrollar inteligencia emocional.

Yo todavía recuerdo, con muchísimo cariño, a mi profesor de primaria (soy de la generación de la EGB) D. Marcelino. Sabía mantener el orden sin violentar y era amable sin ser permisivo. Sabía estar en su lugar. No sé si amaba o no su profesión, aunque a mí siempre me pareció que le gustaba estar con nosotros y seguro que hoy, muchos como yo, recuerdan con cariño a aquel hombre serio, de voz profunda y mirada aguda, que nos enseñaba a pedir las cosas por favor, a guardar respeto por nuestros compañeros y a cuidar nuestras cosas, mientras desgranaba las tablas de multiplicar o los fundamentos del lenguaje.

Hoy en día no es frecuente encontrar profesores que se sientan maestros, que disfruten enseñando y que consideren que además de formar intelectualmente a los chavales, tienen el deber de enseñarles valores morales que les ayuden en la formación de su caracter. Claro que también es difícil encontrar padres que apoyen a los maestros en esta tarea, cuando no encontramos todo lo contrario: padres que arrinconan a los profesores en un exceso de celo, mimando y sobreprotegiendo a los niños que de dulces y encantadores criaturas se convierten en tiranuelos dictadores que imponen su voluntad por encima incluso del sentido común...

Como también decían los clásicos, en el justo medio está la virtud. Mi madre, con esa sabiduría que dan los años y la experiencia, lo dice de otro modo, "cada mochuelo a su olivo y Dios en el de todos", que viene a decir que cada uno debe ocupar su lugar. Un niño bien educado es el resultado del trabajo bien direccionado de sus padres, dándole una sólida educación moral en casa; y del trabajo de los profesores, inculcándole formación intelectual y también en valores, que complemente lo que ya aprenden en casa.

Padres y maestros tienen que remar en la misma dirección, que no es otra que una buena educación en todos los sentidos.

Carmen Morales



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