jueves, 29 de septiembre de 2011

Los listillos y su ufana presunción

Antes de comenzar el relato de mis peripecias durante este verano, me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre ese espécimen, abundante en la sociedad actual, que igual te aclara los misterios de la desintegración del átomo como te explica la filosofía profunda de la doctrina de Confucio o, llegado el caso, te ilustra sobre la mejor manera de hacer una paella o sobre cómo cuidar a un bebé de pocos meses... me refiero, naturalmente al listillo (o listilla). El listillo, en general, se cree adornado con la virtud de la sapiencia y está convencido de que es su deber sacar de la ignorancia a todo aquel que se cruce en su camino; sabedor de mucho y conocedor de poco, el listillo se pasa la vida corrigiendo a los demás; no importa que no conozca los detalles de tal o cual conversación, con cuatro palabras al vuelo él ya sabe de qué va el tema. También están los listillos que hablan con dos o tres personas sobre un determinado asunto y ya se sienten doctores en el tema y claro, nadie mejor que ellos conocen la realidad de la situación... El caso es que los listillos, con su arrogancia, arruinan cualquier intento de conversación agradable en la que intercambiar opiniones no suponga una batalla para ver quién tiene más conocimientos y quién lleva la razón.

Los listillos/as no han entendido aún que la generosidad, junto con la humildad, son buenas compañeras de la sabiduría. El humilde aprende mientras escucha y siempre deja espacio en su interior para ideas nuevas; nunca piensa que lo sabe todo sino al contrario, que es mucho lo que le queda por aprender y que la verdad no es posesión de unos cuantos, sino que es como un prisma con mil facetas diferentes, según la luz incida de una manera u otra. O dicho de otro modo, las circunstancias modelan nuestra realidad, haciendo que lo que es "verdad" para unos, no lo es para otros. Y así hasta el infinito. El generoso sabe que la auténtica VERDAD no se puede aprehender, es libre, eterna e igual para todos. Sólo el sabio (que es humilde por naturaleza), el que es puro, puede alcanzarla en su plenitud. Y cuando la alcanza y comprende, transmite. Y lo hace adaptando esa verdad a la comprensión de quienes la buscan. Decía Unamuno que "es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos." Claro que transmitir no es sentar cátedra, sino enseñar pedagógicamente porque lo que se busca no es la exhibición de los conocimientos propios (en la mayoría de los casos, burdas imitaciones de las ideas de otros), sino que el oyente interiorice, haga suyos lo conocimientos a través de la comprensión...

Sirvan estas líneas para gritar a los cuatro vientos que estoy hasta la peineta de los listillos de turno que tratan a todo el mundo como si fuésemos el culmen de la mediocridad; estoy harta de la sonrisita de desdén que dibujan en su cara cuando alguien "osa" rebatirle su argumento; estoy harta de que se paseen por el mundo como si les perteneciera y estoy harta, en fin, de su actitud de "perdonavidas" pues no pareciera más que somos todos unos tontos bobalicones sumidos en la más penosa de las ignorancias...

Y si resulta que, por aquello de ver la paja en el ojo ajeno, mi naturaleza es semejante en algo a todo aquello que critico, quieran los dioses y el destino llevarme en otra dirección sometiéndome a cuantas pruebas consideren necesarias; y enderezarme con la vara del sentido común que, como decía el filósofo Jorge Ángel Livraga, "es el menos común de los sentidos".

Carmen Morales

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